martes, 29 de enero de 2008
Aún aquí
Chocamos. Morena, ojos verdes. Me encanta. No cruzamos palabras. Agacha la mirada. No pude decir nada. Sigo caminando por la Alameda. Miro hacia atrás. A cada rato. Me siento en una banca. Tengo la ilusión de que va a volver a pasar. Yo lo haría. Tengo que volver. Pienso en verla de nuevo. Vuelvo. Pienso en que sintió ella. Probablemente nada. Media vuelta, sigo mi camino original. Hace tiempo que no pensaba en mi ex. Seguramente ella tampoco en mí. Me arrepiento de haberla engañado. Ella no es igual a mí. Ese es el problema. Ese fue el problema.
Ciclo
Eras la niña que nadie saca a bailar. La que llora. Sufre. Todo en soledad. Eras la niña a la que le hablaban solo por su cuaderno. A la que molestaban en el recreo. En el casino. A toda hora. Eras la niña a quién nadie quiere. De la que todos se avergüenzan. Por la que apostaban una conquista. De quién se ríen. Te cansaste. Tu pelo cambió. Las espinillas desaparecieron. Tu cuerpo mejoro divinamente y el síndrome del patito feo hizo que fueras irresistible. La envidia de todas. Un par de borracheras y tu sueño volvió a caer. El galán del curso te contagió su enfermedad. 18 años. Huérfana y con sida. Cómo contarlo. Cómo vivir con el sufrimiento. La crueldad de la existencia hizo de las suyas otra vez. El espejismo se había acabado…
Cable a tierra
Te diviso a los lejos. No te puedo dejar de mirar. El viento juega a tu favor. Tu pelo ondulado baila con el aire a tu alrededor. Jeans azules y ajustados. Polera manga corta, blanca. Blanca como tu cara. Resalta tus ojos verdes. Los míos recorren hasta el último centímetro de tu cuerpo. Te acercas. Prácticamente te violo con la mirada. Te imagino desnuda. Angelical. Me encantas. Sé que no está bien, pero ya es demasiado tarde. Jugué todas las cartas a tu favor y quise perder. Sé que no te puedo amar. No lo puedo evitar. Me pudro por dentro. Mis amigos me advirtieron: “no te enamores de tu hermana”.
sábado, 27 de octubre de 2007
Chocolate amargo *
* Es una historia real del día del Golpe de Estado.
Mi papá sale todos los días a la misma hora: 7:15 minutos exactos. Siempre me dijo que ser puntual es una virtud y para mí, en verdad lo es. A la puntualidad, hay que agregarle responsabilidad y trabajo, con eso vas a triunfar, me aseguraba. La verdad es que yo no soy muy puntual, y menos responsable. Siempre me hacen todo y soy bastante cómoda.
Antes de irse, mi papá se fue a despedir de mí, me dio un fuerte abrazo y me llenó de besos. Es mi cumpleaños, cumplo 15.
Prometió que me traería un chocolate, del que yo quisiera, y que cuando él llegase, celebraríamos “como corresponde”. Yo le dije que él es mí chocolate, ya que es mucho más moreno que yo y que mi madre, que es lo que más quiero en el mundo. Se rió y se despidió dándome un beso en la frente.
Me levanté a tomar desayuno, tengo que comer bien. Hoy vamos a ir junto a mis compañeras a una marcha al frente de La Moneda con la Federación de Estudiantes Particulares. Es primera vez que lo hacemos yo y mis amigas, pero estamos muy motivadas y ansiosas. No queremos que se lleve a cabo la propuesta de la Escuela Nacional Unificada, que propuso el Presidente Salvador Allende. No estoy dispuesta a ir a clases con cualquier persona. Mi papá siempre me ha dicho que soy una princesa y que me tengo que juntar con las mejores personas y apuntar siempre a lo más alto.
Terminé de comer y me metí a la ducha. Al salir noté que mi mamá estaba alterada. Estaba desvistiendo a mis hermanos y les decía que volvieran a acostarse, que hoy no irían a clases. Yo creí que ella no los iba a poder llevar y que por eso había tomado esa decisión, así que seguí preparándome. No pasaron ni diez minutos hasta que mi mamá fue para mi pieza y me dijo que yo me quedaba en la casa.
Ni siquiera le pregunté el motivo por el que no podía salir, nunca me ha gustado contradecir a mi mamá. Mi papá decía que ella era lo más importante que teníamos y que le debíamos nuestra vida, es por eso que teníamos que hacerle caso en todo. Llamé a una amiga para decirle que no iba a poder salir y ella me dijo que ya lo sabía. “Nadie sale hoy” me dijo, hay militares por todos lados y se movilizan hacia La Moneda.
Yo no entiendo nada de política y ella me dijo que tampoco. Que ganas de que mi papá estuviera aquí y me explique qué estaba pasando. Me estoy empezando a preocupar.
Mi mamá sigue alterada. Lleva horas al lado de la radio, escuchando cómo el locutor dice que están bombardeando el Palacio de La Moneda y que Allende llama a defender el Gobierno.
Estoy tan confundida que ni había pensado en mi cumpleaños. Mi amiga tampoco me saludó. Todos estamos algo aturdidos, supongo. Me puse a ver televisión, pero no me puedo distraer, todo lo que dan es información relacionada a lo que pasa con los militares, con el Presidente y la verdad es que me siento cada vez más confundida.
Me pasé la hora de almuerzo mirando por la ventana. Mis vecinos sacan banderas chilenas al patio y todos sonríen. Le pregunté a mi mamá qué pasaba, que porqué todos reían y ella estaba tan preocupada. Me respondió que temía por mi padre, que él es comunista, me dijo, y que a los militares no les gustaba la gente de izquierda.
Del chocolate que me había prometido mi padre, no sabía nada. Él, por primera vez no llegó a las cinco de la tarde como acostumbraba. Lo esperé despierta pero no apareció. Puse una silla al frente de la puerta de la entrada para recibirlo de buena forma, estaba ansiosa por verlo, pero nunca llegó.
Horas más tarde sentí que me tocaban el hombro. Era mi madre, estaba pálida. Me dio un chocolate y me dijo:
- Tu padre lo tenía guardado y quería dártelo personalmente, eso ya no va a ser posible.
Le costaba hablar y con dificultad me dijo que mi padre, la razón de mi vida, había muerto. Un compañero de trabajo lo había encontrado tirado, con un balazo en la sien.
Me vine corriendo a mi pieza y me estoy comiendo el chocolate. Mientras como no puedo parar de llorar. Es mí preferido, el más dulce, pero yo lo siento amargo. Amargo como nunca antes había probado un chocolate.
Mi papá sale todos los días a la misma hora: 7:15 minutos exactos. Siempre me dijo que ser puntual es una virtud y para mí, en verdad lo es. A la puntualidad, hay que agregarle responsabilidad y trabajo, con eso vas a triunfar, me aseguraba. La verdad es que yo no soy muy puntual, y menos responsable. Siempre me hacen todo y soy bastante cómoda.
Antes de irse, mi papá se fue a despedir de mí, me dio un fuerte abrazo y me llenó de besos. Es mi cumpleaños, cumplo 15.
Prometió que me traería un chocolate, del que yo quisiera, y que cuando él llegase, celebraríamos “como corresponde”. Yo le dije que él es mí chocolate, ya que es mucho más moreno que yo y que mi madre, que es lo que más quiero en el mundo. Se rió y se despidió dándome un beso en la frente.
Me levanté a tomar desayuno, tengo que comer bien. Hoy vamos a ir junto a mis compañeras a una marcha al frente de La Moneda con la Federación de Estudiantes Particulares. Es primera vez que lo hacemos yo y mis amigas, pero estamos muy motivadas y ansiosas. No queremos que se lleve a cabo la propuesta de la Escuela Nacional Unificada, que propuso el Presidente Salvador Allende. No estoy dispuesta a ir a clases con cualquier persona. Mi papá siempre me ha dicho que soy una princesa y que me tengo que juntar con las mejores personas y apuntar siempre a lo más alto.
Terminé de comer y me metí a la ducha. Al salir noté que mi mamá estaba alterada. Estaba desvistiendo a mis hermanos y les decía que volvieran a acostarse, que hoy no irían a clases. Yo creí que ella no los iba a poder llevar y que por eso había tomado esa decisión, así que seguí preparándome. No pasaron ni diez minutos hasta que mi mamá fue para mi pieza y me dijo que yo me quedaba en la casa.
Ni siquiera le pregunté el motivo por el que no podía salir, nunca me ha gustado contradecir a mi mamá. Mi papá decía que ella era lo más importante que teníamos y que le debíamos nuestra vida, es por eso que teníamos que hacerle caso en todo. Llamé a una amiga para decirle que no iba a poder salir y ella me dijo que ya lo sabía. “Nadie sale hoy” me dijo, hay militares por todos lados y se movilizan hacia La Moneda.
Yo no entiendo nada de política y ella me dijo que tampoco. Que ganas de que mi papá estuviera aquí y me explique qué estaba pasando. Me estoy empezando a preocupar.
Mi mamá sigue alterada. Lleva horas al lado de la radio, escuchando cómo el locutor dice que están bombardeando el Palacio de La Moneda y que Allende llama a defender el Gobierno.
Estoy tan confundida que ni había pensado en mi cumpleaños. Mi amiga tampoco me saludó. Todos estamos algo aturdidos, supongo. Me puse a ver televisión, pero no me puedo distraer, todo lo que dan es información relacionada a lo que pasa con los militares, con el Presidente y la verdad es que me siento cada vez más confundida.
Me pasé la hora de almuerzo mirando por la ventana. Mis vecinos sacan banderas chilenas al patio y todos sonríen. Le pregunté a mi mamá qué pasaba, que porqué todos reían y ella estaba tan preocupada. Me respondió que temía por mi padre, que él es comunista, me dijo, y que a los militares no les gustaba la gente de izquierda.
Del chocolate que me había prometido mi padre, no sabía nada. Él, por primera vez no llegó a las cinco de la tarde como acostumbraba. Lo esperé despierta pero no apareció. Puse una silla al frente de la puerta de la entrada para recibirlo de buena forma, estaba ansiosa por verlo, pero nunca llegó.
Horas más tarde sentí que me tocaban el hombro. Era mi madre, estaba pálida. Me dio un chocolate y me dijo:
- Tu padre lo tenía guardado y quería dártelo personalmente, eso ya no va a ser posible.
Le costaba hablar y con dificultad me dijo que mi padre, la razón de mi vida, había muerto. Un compañero de trabajo lo había encontrado tirado, con un balazo en la sien.
Me vine corriendo a mi pieza y me estoy comiendo el chocolate. Mientras como no puedo parar de llorar. Es mí preferido, el más dulce, pero yo lo siento amargo. Amargo como nunca antes había probado un chocolate.
domingo, 30 de septiembre de 2007
Gemelos
Luis fue el mejor de su generación en el colegio. Al que le iba mejor con las mujeres. El mejor deportista. Entró a la mejor universidad. Con el mejor puntaje. Dos años duró en la carrera. Psicología había escogido. Era el mejor y se aburrió. También se cansó de sus familiares. Lo avergonzaban los empleos mediocres de sus padres. Igualmente su hermano, Oscar, su gemelo, quién a sus 20 años, no había tenido ninguna polola. Se fue de la casa. Vivió con amigos hasta que lo aguantaron. Sus padres murieron. No fue al funeral. No había herencia que cobrar. Sólo deudas y problemas. La calle fue su nueva casa. Lo acogieron los bancos del Parque Forestal. Poca comida, mucho frío. Nada de cariño.
Oscar lo buscó. Durante años. Había encontrado trabajo y una mujer. Suponía que Luis estaba mal. Quería llevárselo a su casa en Vitacura. Lo encontró cuando iba a su trabajo. Estaba pidiendo monedas en el Paseo Ahumada. Lo llevó a su casa. Lo alimentó durante meses. A pesar de que este le robaba para comprar drogas. Las que consumía en su casa. Viendo como desfilaban decenas de vagos cada semana por su living.
Oscar: ¿Cuándo vay a buscar trabajo?
Luis: No hay trabajos que me llenen.
O: ¿Y te llena estar sin hacer nada?
L: Todo a su tiempo hermanito.
O: Yo no mantengo vagos.
L: Nunca te he pedido que me mantengas.
O: ¿O sea que yo tengo la culpa ahora?
L: Tú me lo ofreciste.
O: …
L: Ya, no te pongai latero y anda a buscar una chela. Vienen unos amigos para acá.
O: No quiero más vagos en mi casa.
L: Uff, ¿Hace cuanto que no te mandai una buena cachita?
O: …No es tu problema.
L: Bueno. Te voy a llamar a una minitas, pa’ que lo pasi bien.
O: Búscate una tu mejor…y que no sea puta.
L: No te pongai insolente hueón.
O: Búscate una mina decente no más. Es lo único que te digo.
L: ¿Y qué saco con eso?
O: Estabilidad. Mira todo lo que tengo yo. Una casa, trabajo, buen auto…
L:…no te pegai niuna cachita.
O: No empeci de nuevo…
L: ¿Es verdad o no?
O: …Búscate una mina. Ese es mi consejo…
L: No me huevi más, ¿queri?...además que ya tengo una.
O: ¿Si? ¿Y de que café con piernas la sacaste?
L: De ninguno…Es la Claudia
O: ¿Qué huevá dijiste mierda?, ¿la Claudia?
L: Si po, tu mina…nadie te obligó a trabajar tanto.
O: …
L: Yo creí que habiai cachao. ¿No la hay visto más contenta?
O: Eri un maricón. Te di una oportunidad y me cagaste…
L: Yo no la obligué. De hecho, ella me buscó.
O: Ándate de mi casa.
L: Échame con los pacos.
Oscar se tiró encima de Luis. Combo tras combo. Lágrima tras lágrima. Recuerdo tras recuerdo. Su infancia. Sus padres. Su actual felicidad…interrumpida. Fue a su pieza. Tomó la pistola. La única bala que quedaba terminó con el problema.
Oscar lo buscó. Durante años. Había encontrado trabajo y una mujer. Suponía que Luis estaba mal. Quería llevárselo a su casa en Vitacura. Lo encontró cuando iba a su trabajo. Estaba pidiendo monedas en el Paseo Ahumada. Lo llevó a su casa. Lo alimentó durante meses. A pesar de que este le robaba para comprar drogas. Las que consumía en su casa. Viendo como desfilaban decenas de vagos cada semana por su living.
Oscar: ¿Cuándo vay a buscar trabajo?
Luis: No hay trabajos que me llenen.
O: ¿Y te llena estar sin hacer nada?
L: Todo a su tiempo hermanito.
O: Yo no mantengo vagos.
L: Nunca te he pedido que me mantengas.
O: ¿O sea que yo tengo la culpa ahora?
L: Tú me lo ofreciste.
O: …
L: Ya, no te pongai latero y anda a buscar una chela. Vienen unos amigos para acá.
O: No quiero más vagos en mi casa.
L: Uff, ¿Hace cuanto que no te mandai una buena cachita?
O: …No es tu problema.
L: Bueno. Te voy a llamar a una minitas, pa’ que lo pasi bien.
O: Búscate una tu mejor…y que no sea puta.
L: No te pongai insolente hueón.
O: Búscate una mina decente no más. Es lo único que te digo.
L: ¿Y qué saco con eso?
O: Estabilidad. Mira todo lo que tengo yo. Una casa, trabajo, buen auto…
L:…no te pegai niuna cachita.
O: No empeci de nuevo…
L: ¿Es verdad o no?
O: …Búscate una mina. Ese es mi consejo…
L: No me huevi más, ¿queri?...además que ya tengo una.
O: ¿Si? ¿Y de que café con piernas la sacaste?
L: De ninguno…Es la Claudia
O: ¿Qué huevá dijiste mierda?, ¿la Claudia?
L: Si po, tu mina…nadie te obligó a trabajar tanto.
O: …
L: Yo creí que habiai cachao. ¿No la hay visto más contenta?
O: Eri un maricón. Te di una oportunidad y me cagaste…
L: Yo no la obligué. De hecho, ella me buscó.
O: Ándate de mi casa.
L: Échame con los pacos.
Oscar se tiró encima de Luis. Combo tras combo. Lágrima tras lágrima. Recuerdo tras recuerdo. Su infancia. Sus padres. Su actual felicidad…interrumpida. Fue a su pieza. Tomó la pistola. La única bala que quedaba terminó con el problema.
martes, 21 de agosto de 2007
Inocencia
Carla, con 8 años, era una niña tierna. Linda. Simpática. Con una de esas sonrisas que arreglan días. Juguetona como cualquier niña. Le gustaba desobedecer a su mamá. No juegues con fósforos, le advertía esta. Si te pillo, te daré un castigo del que no te olvidarás, la amenazaba. Un día quedó sola en casa. Era su oportunidad. Fue a la cocina. Tomó una caja de fósforos. Sacó uno. Lo encendió. Sus ojos brillaban cómplicemente con el placer de lo prohibido. Casi tanto como la llama que emitían los palitos de madera. Su felicidad era inigualable. Prendió otro. Y otro. Y ya era toda la caja. Se quemó sosteniendo los fósforos. Los tiró al suelo. Al suelo de madera. Este, rápidamente se encendió. Con esto, la casa fue una sola llama. Los vecinos advirtieron a los bomberos. Al mismo tiempo, ella se escondía. Esquivando el fuego. Por miedo a su madre. Si la pillaba, quizás no la dejaba ir más a la placita. Lo hizo tan bien que los bomberos no la pudieron encontrar. Al menos hasta apagar el fuego. Tres horas después, apareció entre los escombros. Totalmente calcinada. Fue su madre quién la pilló. Ni siquiera pensó en castigarla.
sábado, 4 de agosto de 2007
Q.E.P.D
Fría tarde de agosto. Familiares y amigos monopolizaban la sala de espera de la clínica Santa María. Cuando las enfermeras dejaban entreabiertas las puertas, blancas y enormes, se podía ver la pieza 777. En ella estaba Rosa Lombardo. Rosita para sus cercanos. Los doctores desfilaban por los pasillos. La gente los miraba. Desconsolados. No encontraban respuesta. Aún así estaban un poco tranquilos. Solo un poco. Los últimos días habían sido esperanzadores. Rosita contaba historias. Chistes. Incluso hablaba de volver a preparar sus pizzas. Esas ricas pizzas que la habían hecho famosa entre los amigos de sus nietos, cuando estos las ofrecían en sus cumpleaños. Pero finalmente ella no resistió. A las 4 de la tarde alertó a las enfermeras. Vomitaba la poca comida que recibió en el almuerzo. A las 6 ya era sangre. Y así siguió empeorando. Para las 9 ya no había nada que hacer. Las fotos del padre Pio y de Juan Pablo II adornaban la escena. Solo unos segundos. Solo una mirada. Los ojos se nublaban. Las lágrimas recorrían la cara de sus queridos de manera insolente. Sin pedir permiso. "Ahora es un ángel" aseguraban sus hermanas. "No se lo merecía" concluían todos. A sus 89 años recibió el llamado de Dios. Seguramente necesitaba ayuda en la cocina del cielo.
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