Carla, con 8 años, era una niña tierna. Linda. Simpática. Con una de esas sonrisas que arreglan días. Juguetona como cualquier niña. Le gustaba desobedecer a su mamá. No juegues con fósforos, le advertía esta. Si te pillo, te daré un castigo del que no te olvidarás, la amenazaba. Un día quedó sola en casa. Era su oportunidad. Fue a la cocina. Tomó una caja de fósforos. Sacó uno. Lo encendió. Sus ojos brillaban cómplicemente con el placer de lo prohibido. Casi tanto como la llama que emitían los palitos de madera. Su felicidad era inigualable. Prendió otro. Y otro. Y ya era toda la caja. Se quemó sosteniendo los fósforos. Los tiró al suelo. Al suelo de madera. Este, rápidamente se encendió. Con esto, la casa fue una sola llama. Los vecinos advirtieron a los bomberos. Al mismo tiempo, ella se escondía. Esquivando el fuego. Por miedo a su madre. Si la pillaba, quizás no la dejaba ir más a la placita. Lo hizo tan bien que los bomberos no la pudieron encontrar. Al menos hasta apagar el fuego. Tres horas después, apareció entre los escombros. Totalmente calcinada. Fue su madre quién la pilló. Ni siquiera pensó en castigarla.
martes, 21 de agosto de 2007
sábado, 4 de agosto de 2007
Q.E.P.D
Fría tarde de agosto. Familiares y amigos monopolizaban la sala de espera de la clínica Santa María. Cuando las enfermeras dejaban entreabiertas las puertas, blancas y enormes, se podía ver la pieza 777. En ella estaba Rosa Lombardo. Rosita para sus cercanos. Los doctores desfilaban por los pasillos. La gente los miraba. Desconsolados. No encontraban respuesta. Aún así estaban un poco tranquilos. Solo un poco. Los últimos días habían sido esperanzadores. Rosita contaba historias. Chistes. Incluso hablaba de volver a preparar sus pizzas. Esas ricas pizzas que la habían hecho famosa entre los amigos de sus nietos, cuando estos las ofrecían en sus cumpleaños. Pero finalmente ella no resistió. A las 4 de la tarde alertó a las enfermeras. Vomitaba la poca comida que recibió en el almuerzo. A las 6 ya era sangre. Y así siguió empeorando. Para las 9 ya no había nada que hacer. Las fotos del padre Pio y de Juan Pablo II adornaban la escena. Solo unos segundos. Solo una mirada. Los ojos se nublaban. Las lágrimas recorrían la cara de sus queridos de manera insolente. Sin pedir permiso. "Ahora es un ángel" aseguraban sus hermanas. "No se lo merecía" concluían todos. A sus 89 años recibió el llamado de Dios. Seguramente necesitaba ayuda en la cocina del cielo.
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