Carla, con 8 años, era una niña tierna. Linda. Simpática. Con una de esas sonrisas que arreglan días. Juguetona como cualquier niña. Le gustaba desobedecer a su mamá. No juegues con fósforos, le advertía esta. Si te pillo, te daré un castigo del que no te olvidarás, la amenazaba. Un día quedó sola en casa. Era su oportunidad. Fue a la cocina. Tomó una caja de fósforos. Sacó uno. Lo encendió. Sus ojos brillaban cómplicemente con el placer de lo prohibido. Casi tanto como la llama que emitían los palitos de madera. Su felicidad era inigualable. Prendió otro. Y otro. Y ya era toda la caja. Se quemó sosteniendo los fósforos. Los tiró al suelo. Al suelo de madera. Este, rápidamente se encendió. Con esto, la casa fue una sola llama. Los vecinos advirtieron a los bomberos. Al mismo tiempo, ella se escondía. Esquivando el fuego. Por miedo a su madre. Si la pillaba, quizás no la dejaba ir más a la placita. Lo hizo tan bien que los bomberos no la pudieron encontrar. Al menos hasta apagar el fuego. Tres horas después, apareció entre los escombros. Totalmente calcinada. Fue su madre quién la pilló. Ni siquiera pensó en castigarla.
martes, 21 de agosto de 2007
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3 comentarios:
se veía venir el final...
pero igual me gusta como escribes :)
con una de esas sonrisas que arreglan días... cute !
que ganas de volver al miedo de que no te dejen ir a la placita
un beso !
bai !
es triste la historia...pero esta bien escrito, un beso.
igual imaginé que al final pasaría algo así, porque tus textos son medios trágicos, ¿ay cachado eso?.
Pero como me gusta tu estilo, me gustó. Esa frase del final fue trígida. Que ni siquiera pensó en castigarla.... te deja pensando.
Bueno un beso sr esquimal!!
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