domingo, 4 de febrero de 2007

Herencia


Una comida al día. Dos sería un lujo. Más tiempo en los semáforos que en la casa. La limosna era el ingreso familiar. No conoció a su madre. Hubiera sido mejor no conocer a su padre. Este era alcohólico, jugador, asesino, violador y su único ejemplo. De estudios ni hablar. Tercero básico fue su mayor logro. Record familiar. Juan conoció a una mujer: Andrea. Ahorraron peso a peso. Arrendaron una pieza. Tuvieron una hija. Vivieron con su padre. Poco dinero, mal gastado. Juan comenzó a trabajar. Reponedor de supermercado fue la opción.

Su padre llevaba mucho tiempo solo. Andrea, pasaba mucho tiempo con él. Demasiado tal vez. Mezcla fatal. Antepasado de violador. “Quiso recordar viejos tiempos” diría el vecino. Juan los pilló en el acto. Ella: amarrada a la cama y llorando desconsolada. El padre: babeando, con los ojos desorbitados y con un cuchillo en la mano. Los miró y los peores instintos animales nublaron su mente. Le quitó el cuchillo a su padre. Lo degolló. Miró a su pareja. No soportó verla sufrir y la mató también. Se llevó a su hija.

Recorrió calles. Sin sentido. Horas y horas. Sudor en la frente. La estación de Metro Estación Central fue el último escenario de su miserable vida. El Metro destruyó todo el dolor que le quedaba. Con ello además se llevó la inocencia de una niña. A sus seis años lo vio todo y se quedó sola. Si logra ser feliz, como máximo le sacará un empate a la vida.

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